MARATÓN GUADALUPE-REYES:

Notas para una tipología del exceso

Por Rafael Toriz

Hoy comamos y bebamos
y cantemos y holguemos
que mañana ayunaremos

Juan del Enzina

Por razones que ahora no interesa discutir, pocos son los deportes en los que destacamos los mexicanos. A excepción del box, la caminata - y en contadas ocasiones el maratón - nuestra capacidad para el triunfo en justas olímpicas y sucedáneas ha sido poco menos que discreta. Pareciera ser que el temperamento nacional - forjado en la derrota, la impunidad, la esperanza y el abuso - sólo consiente la madriza y el aguante como baluartes de la victoria. Después de casi ochenta años sin democracia efectiva (que no sea la de la pobreza) queda claro que, si para algo somos buenos, es para resistir los chingadazos.

Acaso las cosas podrían ser de otra manera pero eso, como la identidad de los ladrones del FOBAPROA, no lo sabremos nunca: el exceso, en nuestro caso, es la respuesta para una realidad asfixiante e injusta que sólo permite, efímera bocanada, tirar la casa por la ventana a la menor provocación.

En un país con tantas y evidentes limitaciones económicas, políticas y sociales la necesidad de la fiesta y el jolgorio, más que una mesurada y cordial efeméride, debe observar, por fuerza, la naturaleza del abuso.

"Nuestra pobreza puede medirse por el número y la suntuosidad de la fiestas populares" escribió Octavio Paz. Si en tiempos recientes un singular cretino como Roberto Madrazo confirmó la cochambre de su estirpe al hacer trampa en una competencia internacional de maratón, en contraparte buena parte de la población nacional le recordará, en próximas fechas, que en el Guadalupe-Reyes es imposible hacer trampa porque poco importa ganar (probablemente el premio sea una mezcla entre indigestiones crónicas, crudas alevosas y estrepitosas bancarrotas) y todavía menos importa perder (a nadie le interesa descalificar a nadie): en el maratón Guadalupe-Reyes lo importante es competir, es decir, abandonarse de bruces en los brazos del deleite.

Génesis de un hábito

Para entender el fenómeno es preciso analizar la circunstancia del país cada fin de año, ese brevísimo acontecimiento de esplendor en buena parte de la población económicamente activa: la llegada del aguinaldo. Diciembre, amén de ser un mes pródigo en fiestas, insurrecciones y accidentes, es también un respiro para acabar de buenas el año, de preferencia con copa en la mano.

A partir del 12, día en que se celebra la aparición de la virgen de Guadalupe a san Juan Diego, la vida social suele ponerse activa, coqueta y definitivamente hiperbólica. Si de por sí beber entre semana es un conspicuo hábito nacional, en la fecha que comprende el maratón emborracharse es una obligación cívica que sólo algunos se resisten a cumplir.

En este país, lo sabemos bien, el alcohol es el principal lubricante social y en muchas ocasiones la piedra de toque para comenzar amistades, renovar amores, conjurar la alegría y desatar tempestades. El alcohol acorta distancias, regala hijos, ameniza tertulias, desaparece dinero, origina desatinos, embellece a las damas y torna interesantes a los caballeros. A su vez la bebida establece curiosas y efímeras graduaciones familiares: de un trago a otro se pasa de conocido a camarada para derivar en hermano, continuar como cuñado y finalmente terminar con un sonoro y taxativo "soy tu padre" que pone de manifiesto algunos de los aspectos menos gratos del licor.

El carácter del mexicano, folclóricamente hablando, tiende a compartir su módica riqueza con compañeros, amigos y extraños: el maratón es la oportunidad de asistir a cenas de trabajo, fiestas familiares y comilonas pantagruélicas que, al menos por unos días, dejarán en la recámara del olvido la famosa costumbre de ponerse las guarapetas, dirían las tías abuelas, de a buró y sin esperanza.

Pero, ¿de dónde viene esta costumbre?, ¿cuándo se origina?, ¿a qué dialéctica obedece?

De acuerdo con la Wikipedia "el maratón Guadalupe Reyes es un concepto típico de la cultura mexicana surgido como tal en la década de los noventa del siglo XX que consiste en la ingesta de comidas y bebidas entre alcohólicas y no alcohólicas entre las festividades decembrinas que comienzan desde el 12 de diciembre (día de las apariciones de la Virgen de Guadalupe) hasta el 6 de enero (Día de Reyes) o hasta donde la persona pueda tolerar".

La costumbre de beber como si en ello se fuera la vida, desde luego, no es una práctica reciente ni mucho menos mexicana (los rusos y los polacos, para el caso, cuentan con doctorado en el tema). Empero la aportación azteca consiste en la capacidad de hacerlo en cualquier lugar, bajo cualquier motivo y casi con cualquier persona. El maratón, en semejanza al carnaval y las fiestas patronales, es búsqueda y permanencia de un soberano desmadre.

Al ser una carrera de largo aliento, el Guadalupe-Reyes se presenta como prueba de resistencia más que de velocidad, de carácter más que de disposición: beber copiosamente desde California a Yucatán es símbolo de virilidad y gallardía pero sobre todo de fortaleza espiritual ("muchos son los llamados pero pocos los elegidos"). El maratón y su unisex naturaleza requiere, Schopenhauer asentiría, mucho corazón y consumada voluntad.

Con todo habrá que sentar limitantes, establecer diferencias. Existe un abismo entre la cultura anglosajona que bebe hasta el hartazgo para demostrar, en su delirio, ser el number one y la mexicana, que lo que busca es comunión, socializar a toda costa. En nuestra tierra la copa se platica.

Al respecto Octavio Paz ha escrito algunas páginas de fuego:

"El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Somos un pueblo ritual. Nuestro calendario está poblado de fiestas. Durante los días que preceden y suceden al 12 de diciembre, el tiempo suspende su carrera, hace un alto y en lugar de empujarnos hacia un mañana siempre inalcanzable y mentiroso, nos ofrece un presente redondo y perfecto, de danza y juerga, de comunión y comilona con lo más antiguo y secreto de México".

Nos guste o no en buena medida bebemos por soledad y por deseo del otro. Compartir en navidad, año nuevo y día de reyes es recordar, pese a todo, que de la fiesta y los afectos somos célebres acólitos. El país podrá quedarse sin petróleo y uno sin pareja, sin trabajo o sin vivienda y precisamente por ello las ganas de decir salud serán constantes y estentóreas. Beber en exceso no sólo es un paliativo ni la más práctica de las alienaciones: beber es también celebrar la vida por amarga y por su inexacta proporción de soledad y tristeza. Beber es contemplarse en el espejo oscuro de Tezcatlipoca y poseer la certeza de que cierta sed nunca se apaga, entonces Rabelais: "yo nunca bebo sin sed - si no presente - futura; la prevengo, como comprenderéis. Bebo para la sed venidera". Por eso bebemos como bebemos. Todavía no se acaba la fiesta y ya estamos pensando en la que sigue. La copa aún está llena y ya hemos pedido otra ronda. El primer plato de comida permanece intacto y están por servirnos "otro poquito". Como tantos otros pueblos el nuestro también hereda la mitología del romanticismo: sin amante y sin dinero uno sigue parapetado en la cúspide del trono.

Poco más podría agregar al respecto del Guadalupe-Reyes salvo que su delimitación es tan absurda como autoritaria. Conozco muchedumbres que permanecen en la etílica carrera el día de la Candelaria, toda Semana Santa, el primero y el cinco de mayo, el veinticuatro de junio, el siete de julio, buena parte de septiembre y los primeros días noviembre. Hay temperamentos para quienes la meta se desplaza: todo el año es una fiesta.

Me queda claro que en este país hemos entendido y asimilado algunas frases de hierro del infame Baudelaire ".Hay que estar siempre ebrio. Todo está allí: es la única cuestión. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo, que rompe vuestros hombros y os inclina hacia la tierra, hay que embriagarse sin cesar".

Rafael Toriz

Calaveritas VI Concurso Calaveritas

Maratón Guadalupe-Reyes de Rafael Toriz Entrevista a Juan Villoro
Literatura Prehispánica en México  Florencia Walfisch
Premio Internacional de Poesía
Jaime Sabines 2004
Textos cortos de Jorge F.Hernández
Poesía de Francisco Hernández Dos mexicanos y un argentino
unidos por las VOCES de Antonio Porchia
Un modesto homenaje a Marta Merkin