A GOLPES TAMBIEN SE APRENDE

Por Emilio Petersen.

Nota: si existen términos mexicanos que Ud. desconoce los puede consultar en nuestro diccionario popular mexicano


Corría el año 1977, llevaba pocos días en el Distrito Federal y mi asombro no hacía más que incrementarse constantemente.
Recordaba haber leído en Buenos Aires que todavía en México eran muy populares los mercados. También algo referido a que en los pueblos del interior los campesinos continuaban ofreciendo sus productos directamente en ciertos días de feria.

Aquella difusa referencia había actuado como disparador de algunos recuerdos de mi infancia en la provincia de Misiones, donde fui testigo en la década del 50 de los avatares del contrabando hormiga desde Paraguay y el consiguiente tráfico mercantil callejero en el barrio portuario de Posadas.

Durante años había yo añorado secretamente en la dureza Del suburbio porteño aquellos gratísimos días de mi infancia provinciana.
Al haber sido desterrada de allí nuestra familia por razones políticas, antes de que cumpliera yo los siete años, mi inconsciente había preservado esa primera etapa de vida como la de una "edad dorada", mágica e irrepetible.
Por alguna oculta razón volvían aquellas imágenes a mi cabeza, ahora que nuevamente estaba desterrado, por similares razones, pero en el extranjero.

Con esta vaga idea de las ferias campesinas y mi insaciable curiosidad, había convencido a un amigo que ya tenía algún tiempo en el DF, que tal vez sería interesante visitar algún mercado de la ciudad.
Mi amigo, que también era hombre del interior, aceptó gustoso la idea y por consejo de un sorprendido mexicano que nos dijo algo así como "pos si les da por los mercados vayan a La Merced, aunque el tianguis de mi pueblo, Santiago Tianguistengo, es mucho más chingón", nos dirigimos hacia allí.

Llegamos en el subte, al que ya había visto en un plano de la ciudad que lo llamaban Metro, después de sufrir un papelón en la entonces Terminal Zaragoza.

Sucedió que mi amigo se tentó con unos "antojitos mexicanos" que ofrecían en un puesto callejero. Eran unas "carnitas", es decir trozos poco reconocibles de cerdo que parecían cocinarse dentro de una especie de pecera de vidrio con una lámpara potentísima.
Temiendo que mi amigo me ofreciese probarlas, lo abandoné a su suerte en esa experiencia gastronómica y muy canchero me incorporé a una larga cola de gente, que aguardaba para ingresar a la estación.

Cierto cuchicheo incómodo a mis espaldas y algunas sonrisas pícaras me hicieron advertir que todas las que estaban formadas eran damas de distinta edad. No comprendía muy bien lo que pasaba, pero mientras inevitablemente me iba ruborizando, trataba de decidir si convenía quedarme allí haciéndome el boludo o me retiraba silbando bajito. La duda me había inmovilizado. Felizmente llegó mi amigo con un taco de carnitas en una mano y con la otra dispuesta a arrancarme de un tirón, mientras en inocultable tono argentino me recriminaba "Vení pelotudo! Ésta es la cola de las mujeres".
Las sonrisas se transformaron en carcajadas y todavía una de ellas le gritó a mi amigo, que era muy rubio y alto: "déjalo Güero y ven tú también", lo que terminó de enfurecerlo.

Allí aprendí que a ciertas horas, la administración del abarrotado servicio del Metro disponía que los primeros vagones de cada tren se reservaran para las mujeres que viajaban solas, y esto requería necesariamente separar al pasaje por sexos en las estaciones. Según algunas vecinas de nuestra "Colonia", esta disposición incluía también a los ciegos y se quejaban de que algunos de ellos no veían pero igual se las arreglaban para molestar al pasaje femenino.

El Metro resultó modernísimo, con vagones cómodos, andenes y túneles muy anchos y trenes larguísimos y sumamente silenciosos para los parámetros porteños.

Al acercarnos a la estación de La Merced, un olor a cebollas y verduras invadió el túnel y se incrementó cuando descendimos en el andén. La escalera mecánica nos depositó prácticamente dentro de la nave gigantesca del mercado.
La Merced era por entonces el Mercado de Abasto de la Ciudad de México. No tendría palabras para describirlo, porque como muchas cosas en ese país que comenzaba a descubrir era de dimensiones colosales.

Se trataba en realidad de todo un barrio o "colonia", ubicado en pleno centro de la ciudad capital, dónde se concentraba gran parte del abastecimiento de mercaderías necesarias para la subsistencia cotidiana de por lo menos 10 millones de personas.
Todos los edificios de la zona estaban convertidos en "bodegas", es decir depósitos de mercaderías ordenados por rubros, que sólo los muy conocedores podían determinar con rapidez. Sus calles eran imposibles de ser recorridas en automóvil, porque desde la madrugada eran ocupadas por centenares de camiones de carga, que como todo en el DF se estacionaban como podían y allí permanecían mientras miles de trabajadores los descargaban primero y eran inmovilizados luego por quienes arribaban más tarde.

Un verdadero ejército de changarines, provistos de carritos como los que en el suburbio de Buenos Aires se usaban para transportar los tubos de gas, recorría las angostas calles y veredas, cargados con cajones de la más variada mercadería, gambeteando con habilidad de futbolistas a vehículos y transeúntes.

Los camiones o camionetas a veces quedaban estacionados a cientos de metros del lugar de destino de la carga, y todo se transportaba entonces desde allí en esos carros o directamente sobre los hombros entre la muchedumbre.

El único sitio donde había yo visto algo similar era en el puerto de Buenos Aires cuando todavía los changarines se ocupaban de la carga y descarga entre los buques y las barracas, antes de que las grúas y containers hicieran aparición.

Pero esto de La Merced transcurría en pleno centro de una ciudad ya de por sí caótica, en uno de sus barrios históricos plagado de edificios coloniales hermosísimos a los que el uso actual degradaba en sus funciones pero al mismo tiempo los llenaba de la riqueza propia de la vida misma.

Todo era allí contradictorio pero fantástico al mismo tiempo. Cada vereda parecía especializarse en un rubro diferente.
Había allí templos coloniales de piedra labrada, con sus feligreses siempre presentes junto a sórdidos callejones donde prostitutas humildísimas ofrecían sus servicios a toda hora del día.

Sus clientes habituales eran jóvenes campesinos recién llegados a la ciudad y cuyo primer trabajo era la carga y descarga de mercadería. Un sinnúmero de barrenderos luchaba como podía contra parvas de basura que se producían constantemente. La policía y los "tamarindos" actuaban aquí con notable condescendencia. El bullicio entre compradores y vendedores todo lo invadía. En el centro de ésta babel, estaba la gigantesca nave del mercado que daba su nombre a toda la colonia.

Obnubilado con el espectáculo que se ofrecía ante mis ojos, iba yo descubriendo primero cual era el orden aparente que regía aquel sitio multifacético. Existían sectores, esto era indudable, por aquí las frutas y verduras, por allá las legumbres. Observé incluso un extraño sector con largas mesas y bancos donde un sinnúmero de mujeres servían de comer dentro del mismo mercado.

Había muchas frutas tropicales, algunas como el mango, el mamón, el ananá y la sandía habían sido mi deleite en la infancia misionera, pero no eran tan comunes en Buenos Aires. A otras jamás las había visto, pero lo peor era que aquí aún lo conocido tenía otro nombre.
Desfilaba yo frente a los puestos leyendo los cartelitos con las ofertas, pero nada me decían palabras como "elotes", "chícharos", "ejotes", "chiles", "betabel" o "toronja". En todos los casos debía yo observar cada producto y me sentía como un chico que aprende a leer mirando las figuritas. Peor aún, en algunos casos ni esto me servía porque qué cuernos eran los "quelites", los "huanzontles", la "guayaba", los "tamarindos" o el "chico zapote", ni aún mirándolos sabía cómo se comían o para qué se usaban.

De pronto escuché algo parecido a un aplauso pero que sonaba como mecánico. Me imaginé que lo produciría una máquina que me intrigaba. Unos pocos días antes había descubierto un pequeño local denominado "tortillería", cuyo interior estaba casi totalmente ocupado por un extraño aparato mecánico, al que me mencionaron para mi sorpresa como "la tortilladora", sin que pudiera yo verlo funcionar. No pude imaginarme como ese ingenio era capaz de producir un alimento hasta que me enseñaron una tortilla y me explicaron que eran los tacos. Creí que el ruido que estaba escuchando lo produciría ese artefacto al funcionar.

Pero no, al acercarme comprobé que el ruido venía del sector de las carnicerías y lo producía en cada puesto un operario que con toda energía y armado de una especie de martillo plano, la emprendía contra cualquier corte de carne que se hubiera adquirido, entre dos planchas de plástico y sobre un grueso tronco que cada carnicero tenía junto a su mostrador. Después de múltiples golpes cualquier corte vacuno quedaba de un espesor tal que una milanesa nuestra hubiera parecido un bife ancho.

Allí comprobé también que no existía la tira de asado, lo que sin duda era grave, que al peceto le decían "cohete" y lo que es peor al vacío lo llamaban "concha". Tardé bastante tiempo en acostumbrarme a solicitar este bocado a viva voz en las carnicerías.

Durante un buen rato me detuve tratando de descifrar para que servirían unas extrañas substancias parecidas a la plastilina, tanto por su consistencia como por sus vivos colores. Alguien me explicó que esas eran pastas de chile y que se comían, algo que jamás hubiera sospechado. En ese momento comencé a sentirme como sofocado y abandoné el sector porque me ahogaba algo que parecía haberse apoderado insalubremente de mis pulmones. Esta aprensión me impidió durante cierto tiempo escudriñar por el sector de los chiles, ámbito específico y casi mágico de todo buen mercado mexicano.

No sabía entonces lo que me estaba perdiendo.

Frente a ciertos puestos, como uno en que sólo ofrecían una asombrosa variedad de hongos comestibles de todas formas y colores, mi asombro no tenía límite. Los vendedores de mercado son aquí por lo general gente muy amable y servicial, todos ofrecen a viva voz sus productos, invitan en muchos casos a probar la mercancía y hasta aceptan un margen de regateo en el precio.

El bullicio recorriendo los puestos es incesante y yo andaba medio obnubilado entre tantas novedades, por lo que no presté mayor atención cuando a mis espaldas alguien voceó "Aguas, aguas", y como no tenía sed tampoco me importó escuchar el mismo grito ya más fuerte. En menos que canta un gallo recibí un golpe en la espalda y salí volando por el pasillo hasta dar contra un cajón con hongos.

Cuando conseguí reponerme emergió del tumulto un señor petiso y musculoso, un auténtico "chaparro" de aspecto aindiado y edad indefinible, quién mirándome a los ojos con cierta furia me dijo: "Aguas!… pos que no ve que traigo el diablito cargado de huacales?"
Expresión que me dejó más confundido que el propio trancazo.

A golpes también se aprende.


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